Joan Robinson, la renta y los límites de la síntesis de Cambridge

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Joan Robinson ocupa un lugar extraño en la historia económica del siglo XX. Se la cita con facilidad, se la invoca como autoridad, y a veces se la celebra como “fundadora” de tradiciones críticas. Pero con la misma frecuencia se la domestica: queda reducida a divulgadora de Keynes, a crítica de la teoría neoclásica del capital, o a figura transicional entre Marshall y Sraffa. En ese gesto se pierde lo más importante: el proyecto intelectual de Robinson consistió en enfrentar, una y otra vez, las incompatibilidades internas de Cambridge. Ese enfrentamiento no desembocó en una síntesis, y no fue por accidente.

Este texto nace de una presentación de Maria Cristina Marcuzzo en el Historical and Political Economy Workshop en UMass Amherst, y de mi rol como discutant. La reconstrucción de Marcuzzo tiene una virtud decisiva: Robinson aparece no como una lista de aportes, sino como una teórica cuya trayectoria deja al descubierto tensiones que Cambridge nunca resolvió. Lo que sigue no es un resumen de esa reconstrucción, sino un diagnóstico a partir de ella.

Dos Cambridge

El trabajo de Robinson se despliega en el cruce de dos tradiciones que convivieron de forma incómoda en Cambridge. Por un lado, la línea Marshall–Keynes: demanda, análisis de corto período, incertidumbre, y luego Kalecki con su teoría de precios y empleo. Por otro, el renacer de la economía política clásica iniciado por Sraffa: excedente, técnica, distribución, y la crítica a la productividad marginal y a la medición del capital.

Robinson intentó sostener ambas a la vez. Se movió desde la competencia imperfecta, hacia una lectura keynesiana del largo plazo y la acumulación, hasta un programa post-keynesiano explícitamente plural que toma insumos de Ricardo, Marx, Keynes, Kalecki y Sraffa. Cada giro buscó integración y cada giro chocó con un límite. La pregunta es por qué ese límite fue estructural, y no un simple “todavía no”.

Incompatibilidad, no demora

Una lectura amable diría que el proyecto quedó inconcluso por razones contingentes: faltó tiempo, faltó un contexto institucional más favorable, faltó una disciplina más receptiva. Esa lectura confunde el problema. El obstáculo no era la incompletitud: era la incompatibilidad.

Si se toma en serio la crítica de Sraffa a Marshall, el aparato marshalliano no puede funcionar como fundamento general de una teoría de precios o de competencia. No es una discusión sobre realismo versus abstracción. Es una cuestión de coherencia lógica. El razonamiento de oferta y demanda en Marshall descansa en la separabilidad entre condiciones de costo y condiciones de demanda, un supuesto que se desarma cuando la producción se entiende como un sistema de técnicas interdependientes.

Robinson nunca abandonó del todo el lenguaje de Marshall, incluso cuando fue rechazando el razonamiento de equilibrio. Esa ambivalencia no fue accidental. Bloqueó reiteradamente una síntesis plausible (que otros intentaron por vías distintas, como Garegnani o Pasinetti). Su obra oscila entre extender el análisis de equilibrio y disolverlo, entre conservar a Marshall y dinamitarlo. Esa oscilación no es un “error personal”. Es una falla de arquitectura en la teoría económica.

Una división del trabajo que Robinson no quiso aceptar

Mirado desde hoy, parece razonable una división del trabajo teórico. Los precios de producción y la distribución se tratan con coherencia en el marco del excedente de Sraffa. Los niveles de actividad, la inestabilidad y la dinámica requieren la lógica Keynes–Kalecki de demanda efectiva, producción monetaria e incertidumbre. Marshall queda como referencia histórica, pero deja de ser necesario como herramienta analítica.

Muchas corrientes críticas operan con esa separación, aunque sea de manera implícita. Robinson la resistió, no por confusión, sino por principio. Desconfiaba de teorías que compran consistencia interna evacuando el tiempo histórico. Esa misma preocupación marcó su relación con Marx.

Marx, reproducción y tiempo histórico

Robinson rechazó la teoría del valor de Marx en la medida en que se la trate como teoría de precios relativos, y descartó el “problema de la transformación” como un callejón sin salida. En ese punto estrecho, probablemente tenía razón: la proporcionalidad entre valores-trabajo y precios no es el núcleo del rendimiento explicativo de Marx.

Donde Robinson fue más incisiva es en su insistencia en la reproducción y el tiempo histórico. Si la reproducción capitalista se analiza en tiempo histórico y no en tiempo lógico, la acumulación suave deja de ser el caso “normal”. La reproducción balanceada exige condiciones muy restrictivas. Cuando esas condiciones se relajan, el desequilibrio se vuelve estructural: la demanda se gestiona políticamente, las exportaciones operan como componente autónomo de la demanda, y la distribución queda atravesada por conflicto institucional.

Esa idea importa porque buena parte de la macro y de la economía del desarrollo todavía introduce estabilidad como supuesto de fondo: como si el “largo plazo” fuese un espacio neutral donde el conflicto se diluye, en vez de un horizonte donde el conflicto reordena las condiciones de reproducción.

Teoría del valor después de la renta

El rechazo de Robinson a la teoría del valor como teoría de precios relativos a veces se interpreta como licencia para abandonarla por completo. Esa conclusión es apresurada. La pregunta relevante no es si la teoría del valor “falló”, sino qué cambió en las condiciones históricas bajo las cuales se forman precios y se asigna excedente.

Una explicación plausible es el crecimiento de mediaciones rentísticas. La financiarización redistribuye excedente hacia circuitos rentistas y actividades improductivas, alterando el vínculo entre producción y precios, y debilitando el contenido informacional de la rentabilidad para la acumulación.

En economías periféricas e intensivas en recursos opera una distorsión paralela vía renta del suelo y de los recursos, no solo vía finanzas. Booms de commodities, rentas de localización y control sobre recursos naturales inflan rentabilidades observadas sin una transformación correspondiente de la capacidad productiva. Los precios pasan a registrar escasez, posición geopolítica u otras formas de apropiación sobre tierra y subsuelo, más que tiempo de trabajo socialmente necesario.

En ambos casos, las regularidades valor–precio se debilitan no porque la teoría del valor pierda relevancia, sino porque el excedente queda cada vez más mediado por extracción de renta. La renta financiera y la renta del suelo son mecanismos distintos, pero estructuralmente análogos: reasignan excedente fuera de la reproducción productiva y distorsionan las señales que la rentabilidad envía a la acumulación.

Un proyecto “inconcluso” que sigue operando

Robinson describía la economía post-keynesiana no como una teoría terminada, sino como un proyecto por realizar, que exigiría separar coherencia lógica de comodidad ideológica, algo que la economía dominante evita con disciplina.

La lección de su obra no es que Cambridge “fracasó” en unificarlo todo. Es que ciertas formas de coherencia son ilusorias. La tensión entre excedente y demanda, entre equilibrio y tiempo histórico, entre comparación lógica y procesos en tiempo real, no se resuelve con síntesis.

Esa tensión sigue estructurando debates contemporáneos en economía política. El proyecto “inconcluso” de Robinson no es una curiosidad historiográfica: es un diagnóstico que todavía muerde.